Imaginémoslo: Nueva educación en Argentina

Ya pasaron tres años. No sé quién fue el que decidió romper la estructura educacional: si el gobierno, la sociedad argentina, el mundo, qué se yo. Yo ya estoy grande, no puedo vivirlo, pero veo la satisfacción de mis nietos. 

El día en que lo anunciaron no pude creerlo. El 3 de enero de 2016 voceros presidenciales confirmaban la noticia tan controvertida: eliminar las escuelas y cambiar rotundamente el sistema educativo. Muchos ciudadanos se manifestaron días y días en contra de esta política, mientras que quienes estaban a favor también lucharon en la emblemática Plaza de Mayo. Los enfrentamientos, los muertos y heridos no lograron que los gobernantes dieran marcha atrás en su decisión, y menos mal que así fue. Hoy, la Nueva Educación tiene una aceptación del 90% de nuestra población.

El decreto, cuyos detalles estaban ya publicados en el Boletín Oficial, constó de tres ejes principales: la eliminación y posterior sustitución de las escuelas por edificios con cada una de las treinta especializaciones que el alumnado elige, el reemplazo de los métodos de evaluación tradicionales por trabajos trimestrales sin notas numéricas y, por último, el aumento del PBI destinado a educación, elevado al 10%, que, entre otras cuestiones, mejoraría los salarios docentes y la escasa infraestructura existente hasta el momento.

No puedo obviar contar algunos detalles del cambio revolucionario. Honestamente, creí que no estaría viva para experimentar algo así. A partir del ciclo lectivo que comenzaba apenas dos meses después, los estudiantes mayores de trece años tendrían un año con conocimientos teóricos, fundamentalmente sobre matemáticas para, por ejemplo, enseñarles a manejar dinero. También se centrarían mucho en la redacción y ortografía. Sí, se entiende que estamos inmersos en un sistema capitalista que necesita niños y adolescentes con conocimiento, y la Nueva Educación les enseñaría a defenderse frente al mundo globalizado. La idea de la academia teórica dejó de existir para darle comienzo al saber práctico, ese que se necesita para vivir en este mundo. 

Además, y haciendo mención a las especializaciones, la propuesta se engloba en treinta talleres (algunos optativos y otros obligatorios) en relación a los intereses del niño. Los obligatorios, de todos modos, les darían la capacidad de construir muebles, hacer arreglos o instalaciones de electricidad, entre otros saberes. Muchos también serían de concientización sexual. Estoy segura de que los pedagogos del Siglo XX siguen brindando por estos logros.

Podría estar horas hablando de las modificaciones que sufrió la Vieja Educación. Pero, imagínense, se eliminó el Ministerio de Educación, se construyó un edificio temático cada cinco cuadras. La escuela (ya no se llama así) llegó a todos los rincones del país. Los horarios de asistencia dejaron de existir: siempre y cuando se cumplan las cinco horas de concurrencia a las actividades diarias, todos podían asistir a los edificios entre las 8 y 22 hs. Se realizaron convenios con más de cien mil empresas para la última fase de la preparatoria. 

Los resultados están a la vista: los estudiantes no abandonan. Según varias encuestas, ahora les gusta ir a estudiar. Además, el 90% de las mujeres sostienen que tienen las mismas herramientas que los hombres. A su vez, el salario docente empezó a ser de los más altos de la historia argentina y latinoamericana. El 95% de los adolescentes de 17 años está terminando la escuela.

El futuro ya llegó: es hora de que el mundo se copie de nosotros.