El lobo disfrazado de oveja

Cuando finalizó la segunda gran guerra, y para restablecer la tan ansiada paz social, cinco grandes Estados se sentaron en la mesa a tomar decisiones de cara al futuro, reconfigurando el entramado geopolítico del ya transcurrido siglo XX. Nacieron los derechos humanos como institución y fuente rectora de la ética mundial. De este modo se crearon las organizaciones mundiales y las relaciones interestatales se burocratizaron a través  de la praxis política internacional.

En la actualidad, si uno dispusiere hallar la esencia de lo que está bien y mal en la política, debería refugiarse en las diversas convenciones que los estados han pactado a través de la materialización de los principios éticos. Al parecer, se proyecta un mundo sin tensiones globales, en donde se proclaman principios de no injerencia, de soberanía y de abstención al uso de la fuerza frente a otra nación, como así el respeto irrestricto a la humanidad. 

Esos mismos cinco Estados crearon el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y  han monopolizado el uso de la fuerza con un sistema autocrático que reserva el poder del mismo en las potencias mundiales. Es por ello que cuando a un Estado se le ocurre sortear parcialmente la trama internacional a través de un camino de autodeterminación, es cuando el Consejo activa sus mecanismos políticos y éticos, resultando miles de muertes al respecto, bajo las tan ansiadas banderas de la paz mundial.