Todo preso es político

Ayer se me vino un recuerdo a la cabeza. Hace once años, en mayo de 2008, un hombre huyó de un supermercado Coto con dos porciones de queso: uno Port Salut y otro cremoso Light. En el camino, lo detuvo un policía que custodiaba el local, advertido por la alarma de la sucursal. El agente encontró un trozo de queso entre la ropa del acusado, el otro se le había caído en el camino. En ese momento, el valor de los productos que el señor hurtó rondaba los once pesos. Sin embargo, fue detenido hasta el momento del juicio, siete meses después del hecho. Mi reacción en ese momento fue automática: ¿Cuánto pudo perjudicar ese robo a una cadena de supermercados? ¿La justicia no tuvo en cuenta que robó comida y no un objeto material innecesario para la vida? ¿No se piensa en las necesidades básicas que a este hombre le pueden faltar?

Seguramente no. El sistema punitivista argentino es una respuesta violenta. Una sociedad que busca la paz debería utilizar el sistema penal sólo cuando no hay más remedio, cuando las instancias previas no funcionan. Cuando usás el punitivismo en casos como este, es la opción más fácil y menos constitucionalista que existe. Vamos a ver por qué.

El artículo 18 de la Constitución Nacional dice que “ningún habitante de la Nación puede ser penado sin juicio previo fundado en ley anterior al hecho del proceso, ni juzgado por comisiones especiales, o sacado de los jueces designados por la ley antes del hecho de la causa. (…) Las cárceles de la Nación serán sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas, y toda medida que a pretexto de precaución conduzca a mortificarlos más allá de lo que aquella exija, hará responsable al juez que la autorice”.

Todos conocemos algunas complejidades de las cárceles aunque no estemos en ellas. Foucault diría que pasamos a una economía de los derechos suspendidos, privando al individuo de un derecho y/o un bien (en este caso, la libertad). A pesar de que la Constitución explicita cuándo debe existir la pena y las condiciones que deben tener las prisiones, la realidad muestra lo contrario. Sin ir más lejos, del total de las personas detenidas en la Argentina, el 51% están procesadas, mientras que sólo el 48% tienen condena firme.

¿Fue este hombre encarcelado por el hurto que cometió? Hay algo que el juez Eugenio Zaffaroni llama Derecho Penal de Autor, que en resumidas cuentas es cuando se determina la penalidad de acuerdo a la personalidad del autor material y de sus “tendencias dañinas”. En síntesis, la realidad muestra que el punitivismo persigue por portación de cara, nivel socioeconómico, zona geográfica donde vive, entre miles de etcéteras. No se apresa fácilmente a ciudadanos que viven en countries privados ni en barrios lujosos, incluso difícilmente se condenaría a un ser “con otro perfil”, pero el señor en cuestión cumplió con todos los estereotipos que le sirven a las fuerzas policiales y judiciales para ser apresado, para mostrarle a la sociedad el cumplimiento de la función del “castigo al mal”. En este caso, robar dos pedazos de queso de un hipermercado.

Ahora bien, supongamos que viene un juez y me dice que todo lo que estoy planteando está mal. Que el hombre fue apresado con justa razón porque el hurto es un delito, cualquiera sea la magnitud de la afectación del bien. Ok. Entonces, pensemos en su estadía en la cárcel y en las posibilidades de este señor en cuanto a las condiciones alimenticias, físicas y estructurales con las que tiene que vivir dentro de la celda, teniendo en cuenta lo que el artículo 18 garantiza. ¿Tiene posibilidades de reinserción al momento de su libertad? La respuesta también es negativa. Aristóteles diría que “la justicia será tratar igual a los iguales y desigualmente a los desiguales”.

Son muchas las investigaciones que muestran, por ejemplo, las irregularidades en algunos penales, como la falta de higiene en las cocinas y comida en mal estado. También la cantidad de muertes: entre 2009 y 2015 hubo más de 1200 fallecimientos, la mitad de ellos en forma violenta (considerándose violentos los homicidios, suicidios, accidentes y causas dudosas, pero siempre traumáticos). Y puedo seguir. El superpoblamiento es cada vez peor. La masividad del encarcelamiento trae consigo una situación de encierro mucho peor que el encierro mismo, y es, sin dudas, una violación de derechos de las personas privadas de su libertad. Según detalla el CELS (Centro de Estudios Legales y Sociales), “en el Sistema Penitenciario Federal el crecimiento de la población se aceleró en los últimos años y alcanzó las 10.425 personas en agosto de 2015, casi 1000 personas más que en 2006. Este aumento sostenido derivó en la generación de focos de sobrepoblación”.

Las consecuencias son claras: no se puede contener la situación teniendo en cuenta un ingreso tan alto de detenidos, terminan empeorándose las condiciones de detención. Y lo más triste, se profundiza la escasez de recursos y es inviable mejorar la situación penitenciaria. El sistema punitivista argentino está demostrando la peor de sus crisis.

No quiero olvidarme de la educación, la mejor arma para la liberación. El 48% de los presos de todo el país no participa de ningún programa educativo dentro de las cárceles. Lo que pasa es que no lo fomentan. Sucede que la gran mayoría de los presos que acceden a la educación no vuelven a la cárcel. Y eso, justamente, molesta. Porque para que la sociedad vea cómo “se condena el mal”, es necesario tener muchos, muchísimos presos y en pésimas condiciones. Aunque parezca mentira, a muchos les encanta. Si el sistema punitivista cumpliera con lo descripto en la Constitución Nacional, con los organismos de Derechos Humanos, incluso con el Código Penal vigente, ¿existiría?

Es necesario un nuevo orden. No digo que no haya condena, para nada. Pero sí que esa condena dependa del delito que se haya cometido. No podemos tratar por igual a un hombre que se robó dos pedazos de queso para darle a su familia que a un violador o a un asesino. La pena para algunos debe generar una futura reinserción social (principalmente a los desiguales) y seguro que para otros debe ser el encierro, quizás eterno, cuando signifique un peligro para los demás. Pero que las cárceles sean paredes y rejas no significa que el derecho a una vida digna deba ser destruido. Y sí, recuerdo al Indio, “todo preso es político”…